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Ácido San Valentín

Suele ser común entre los humanos evolucionados que viven en sociedad ignorar ciertos aspectos importantes que conforman nuestra existencia, por ejemplo, pocos saben que el Día de San Valentín en realidad estamos conmemorando la muerte de un santo, irónico ¿no?, si en este día del “Amor y la Amistad” estamos celebrando la fecha en la que el emperador romano Claudio II ordenó que martirizarán y matarán al cura Valentín por profesar el cristianismo y casar a parejas jóvenes a escondidas del gobierno, que para esa época estaba prohibido pues se creía que los solteros de temprana edad rendían más en el ejército. ¿Por qué no celebrarlo el día de su nacimiento? Que ni siquiera aparece en las enciclopedias o páginas webs por más que los busques.
No es mi intención arruinar la fiesta de nadie o que devuelvan los regalos, cancelen sus planes y borren el corazoncito que marcaron en sus agendas el 14 de Febrero, pero como de costumbre me parece que es mi deber informar, si vamos a adoptar celebraciones absurdas como Halloween o repartir huevos de pascuas en Semana Santa y comer Pavo el día de Acción de Gracias entonces al menos entendamos el por qué de cada uno de estos días y no hagamos algo simplemente por tener una excusa más para ahogarnos en el alcohol, atiborrarnos de calorías y grasas trans y gastar el dinero que, con la situación de este país, no nos sobra. ¡Celebremos el amor! ¡Celebremos la amistad! Llamemos a nuestros amigos y digámosle cuanto los queremos, comprémosle un lindo regalo sin ninguna razón en especial, mandemos un tweet simplemente porque nos recordamos de lo mucho que los apreciamos, hagamos felices a nuestros amigos, parejas y familiares cada día de nuestros años y si deseamos escoger uno especial para hacerlo que sea porque nuestro corazón lo demanda y no porque el calendario de festividades absurdas lo exige. Happy Dead Valentine’s Day. 

Trying to fit in


Ella, con su cabello teñido, hacía un gran esfuerzo por cancelar la tarifa que el peluquero aumentaba semanalmente, su rostro ya tenía varias arrugas evidenciando el paso del tiempo por allí, era de esas personas que han sufrido tanto en la vida que olvidaron cómo sonreír, y en sus rostros quedaron tatuadas la tristeza y la preocupación. Tenía 4 hijos, varones, dos de ellos colaboraban con ella cada vez que la inflación, los impuestos y el hampa se lo permitían, uno le regalaba un techo y el otro, el menor, preocupaciones, alegrías y compañía. Su esposo, el único hombre que amó en toda su vida, había muerto hacía ya una década dejándole algo de dinero y una depresión que se mantuvo intacta hasta el día en el que sus pulmones dejaron de aspirar el aire contaminado de la ciudad.  Tenía varios nietos no llevaba la cuenta porque siempre le gustó adoptar hijos, primos, nietos y sobrinos ajenos y se le confundía el cálculo de los de sangre y los de corazón. Dios bendijo sus manos era hábil para la cocina, la costura y la enfermería, se había desvelado por tantas fiebres, curado tantas heridas y sanado tantas enfermedades que el título no le hacía falta. Su sabiduría no provenía de libros de texto, universidades costosas o conferencias internacionales, su sabiduría se llamaba intuición y sexto sentido maternal.
Su hijo menor, aquel que vino al mundo cuando las esperanzas de reproducción habían terminado, razón por la cual iluminó y llenó de color su vida de una manera un tanto más especial. La llenó, en proporciones similares, de alegrías y preocupaciones desde su concepción. Con aquella sabiduría que la caracterizaba observó en él algo diferente, aunque prefería engañar a su instinto negando ese sentimiento, sin embargo los psicólogos, charlas, conversaciones y frases como "contrólate" y "sé fuerte" eran el pan de cada día para este niño.
Él también lo sentía, esos deportes que su padre tanto deseaba que practicara, no le apetecían, los juegos masculinos le parecían aburridos,  odiaba sentirse sucio, se miraba constantemente en el espejo, robaba las cremas de su madre, se preocupaba por la ropa y los zapatos, le gustaba combinar e imaginar, jugaba con las muñecas de sus primas y tenía actitudes que fueron reprimidas por los golpes, disgustos y frases de sus padres y las burlas e insultos de sus compañeros de clases.


Lleno de sentimientos reprimidos y atropellados llegó a la pubertad totalmente confundido, el amor lo trató bien, era lindo sus inmensos, pícaros y adorables ojos, sus comentarios y frases jocosas y los detalles que tenía hacia sus amigas lo hacía un buen partido, el único problema era que aquellas curvas de las féminas, el busto pronunciado y labios carnosos no llamaban su atención, prefería barbas, manos suaves y grandes y lentes de pasta; se sentía culpable cuando venían pensamientos de ese tipo a su mente, pensaba en su mamá que tanto le preocupaba y en su papá, ya muerto, y lo decepcionado que estaría de él.
Llegó a la universidad, pasó su etapa de pubertad con algunas lágrimas y desilusiones, conoció nuevas amistades que comprendieron su situación y lo ayudaron a entender quién era y que no estaba mal ser así, lo llevaron a fiestas y reuniones y al fin sintió que pertenecía a algún lugar. Su madre aún no lo comprende, según ella, cree en Dios, sus hermanos prefieren ignorar aquella confesión que él les propinó, sus amigos lo aceptan y le recuerdan que este mundo también fue hecho para él, su día a día ya no es confusión pero si una larga aceptación. 

Soul Mom


Madre solo hay una, permítanme diferir en ese aspecto, pues yo, les comento, tengo más de una, por todo aquel asunto del deseo de protección que inspiro en algunas personas y, según dicen, desean colmarme de amor. No importa cual sea la razón, se siente lindo saber que hay personas que se ocupan y preocupan por ti, que te aconsejan, te regañan, te ayudan a crecer emocional, intelectual y espiritualmente, se alegran de tus éxitos y se disgustan por tus fracasos, se entristecen por tus lágrimas y se entusiasman por tus sonrisas, se memorizan el calendario de tus fechas importantes y piensan en ti como algo más que una amiga, sienten un genuino cariño hacia ti. Madre es aquella a la que siempre sientes que necesitas agradecer, cuando piensas en un abrazo es la primera persona que viene a tu mente, que te hace recapacitar cuando estás mal sin críticas ni sentimientos de culpa, que sabe diferenciar entre tus lágrimas y tus sonrisas falsas, que te da las buenas noches y te invita a soñar, es aquella cuya voz calma tus impulsos y relaja tus nervios, que te ve con ternura, aquella que te hace sentir que todo saldrá bien aunque el mundo se esté derrumbando, aquella que está en las buenas, en las malas, las mejores y las peores. Hay personas destinadas a ser mamás y viven buscando hijos toda su vida, entonces empiecen a sacar cuentas, ¿cuántas madres tienen en su vida? Y ni siquiera lo habían notado o… ¿cuántos hijos tienen por allí? A los que les dan todo sin esperar nada a cambio. Yo ya hice mis tareas y sigo agradeciendo y entregando mi amor a todas esas Soul moms que Dios puso en mi vida para hacerla un poquito más feliz.

¿Si o no? ¿XX o XY?


3 de la mañana, mis pensamientos viajaban entre hormonas femeninas, combinación que nadie desea tener jamás, la razón se dispersa, el consciente se duerme, a las neuronas se les olvida hacer sinapsis, la corteza cerebral queda totalmente anulada y la pituitaria crece como Hulk cuando se molesta. Entonces es cuando descubres que eres mujer, no te lo hace saber la visita mensual que mancha tus sábanas, ni la preocupación por la ropa que utilizarás el fin de semana o el color de tus uñas para mañana, no, es ese instante en el que tus pensamientos no coinciden con la razón y llegas a ser totalmente ilógica, las emociones se apoderan de tus decisiones y descubres que te falta el cromosoma Y. Creo que eso es lo único que envidio de los hombres su increíble capacidad para ser básicos, si eres complejo y eres hombre eres gay; por ejemplo si un hombre le pregunta a una mujer “¿estás molesta?”, la respuesta siempre será “NO”, el hombre lo creerá y seguirá la conversación como si nada. DISCULPA si tuviste la necesidad de hacerme esa pregunta es porque algo andaba mal quiere decir que la respuesta es “SI” ¿a quién se le ocurre creer ese tipo de respuestas? A un Hombre. Si una mujer le pregunta a un hombre “¿estás molesto?”, la respuesta siempre será “NO”, pero el análisis (si, hay un análisis) siempre será con respecto a su tono de voz, tiempo de respuesta, entonación, si hizo el gesto característico, si me miró a los ojos; eso, también, es ser mujer. No hay que llegar al extremo del análisis y el escáner de EVA (Wall-E), pero si podrías dudarlo por unos segundos. Otro aspecto que resulta sorprendente, su incapacidad para percibir detalles, tu nuevo corte de cabello, tu nueva manera de maquillarte, el nuevo perfume que compraste, y los muchos etcéteras. Mientras que las mujeres vemos “detalles” donde no los hay, un cabello en la chaqueta, un aroma diferente, su tono de voz apagado, y los pocos etcéteras. A mi parecer esta es la verdadera “Guerra de los Sexos”, incomprensión de géneros; no machismo vs. Feminismo, quién tiene el poder y quién no, quién trae los seres al mundo y quién los fabrica, quién muere primero o quién madura después, no, es la incapacidad que tenemos de entender que, a pesar de que somos humanos evolucionados, nuestros cerebros trabajan de formas distintas, asimilamos la información en otras dimensiones y la distribución de nuestro cerebro cambia de acuerdo a nuestro sexo. That’s all, lo dice una feminista consciente, que trata de entender por qué un NO es si para unas y no para otros.

Happy Mother's Day :D

1,2,3… 1,2,3… eso era lo único que recordaba, extrañamente no me importaba, 2 voces que siempre estaban conmigo me decían qué hacer, cómo hacerlo y en qué momento, una era dulce, suave, era como un canto que cuando llegaba a mis pequeños oídos me hacía moverme de alegría en ese pequeño pero acogedor espacio en el que vivía. La otra  voz, más áspera pero igual de acogedora y dulce, cuando se lo pedía con muchas ganas se aparecía era todo blanco y brillaba, tenía 2 alitas que le permitían moverse a dónde él quisiera, me contaba historias acerca de un “Dios” que había creado todo en dónde yo viviría más adelante, aunque no lo entendía muy bien me encantaba escuchar esas historias sobre unas criaturas llamadas “pájaros” que volaban como él y tenían muchos colores, una especie de alfombra azul llamada “mar” que abarcaba todo el “mundo” que era el lugar donde viviría cuando saliera de aquí, por supuesto yo no quería salir de aquí, tenía todo lo que quería, calor, cuando sentía hambre me daban comida, cuando tenía sueño dormía, aquella voz cantarina que me decía palabras lindas que muchas veces no entendía “mi amor” “belleza” “mi princesa”, que lindo se escuchan no?.... ¿para qué querría yo salir de este paraíso?.

La 2da voz me dijo que él era mi ángel y estaría   toda la vida, que cuando pasara el tiempo dejaría de aparecerse porque yo ya no se lo pediría pero que igual me cuidaría, protegería y sería el encargado de hablarme siempre del tal “Dios” a quién le había agarrado cierto cariño pues mi ángel me hablaba mucho de él, y aparentemente era bastante bueno y nos “amaba” a todos. Mi ángel también me dijo que se llamaba Charlie y que la primera voz que oía era mi “mamá” que yo vivía dentro de ella (que cosa tan extraña!) y que ella lo ayudaría en su labor de cuidarme y protegerme, que me acompañaría toda mi vida pero que, al igual que él, después de mucho tiempo dejaría de verla pero que ella nunca me abandonaría. A veces escuchaba a mi “mamá” gritar o llorar y yo me ponía muy triste pero mi ángel me consolaba siempre contándome más historias de “Dios” y del “mundo”.

A medida que el tiempo pasaba sentía como yo iba creciendo y el espacio donde vivía se hacía cada vez más pequeño, pero nunca dejaba de ser acogedor, sentía miedo pero mi ángel me decía que todo estaba bien y me empezaba a cantar melodías hermosas como la voz de mi “mamá”. Entonces pasó, todo se puso muy pequeño, le daba golpes a todo esperando se agrandara pero nada conseguí, llamé desesperadamente a mi ángel y en seguida apareció, me explicó que había llegado el momento de salir, le dije que no quería, le rogué que lo detuviera, que me ayudara y entonces me dijo, hemos estado juntos desde siempre y todo lo que te he dicho que hicieras ha sido para tu bien, y tú lo has hecho sin dudar, eso se llama “fe”, si tienes fe en mí, escúchame y haz lo que digo, dejé de quejarme, empecé a salir con las instrucciones que él me indicaba hasta que por fin, salí, hacía frío, me quemaba la piel, un sonido extraño salía de mi boca y me asustaba, me hicieron cosas que me dolían y ese sonido horrible seguía saliendo de mí, vi las “personas” de las que tanto me hablaba mi ángel, eran muy parecidos a él pero no brillaban, me envolvieron y el frío cesó, y entonces la vi, sin que mi ángel me lo indicara lo supe, era mi “mamá” era hermosa, escuché su voz y sentí un calor en mi mejilla cuando ella se acercó y en ese momento ya nada me molestó, le di las gracias a Charlie y le dije que le diera gracias al tal “Dios” por darme a mi “mamá” y a él, me sonrió y se esfumó para cumplir con la tarea que le había asignado.


Vargas Llosa Invádeme

Porque este Blog necesita un poco de Vargas Llosa para iluminarse aquí les dejo el maravilloso discurso que escribió este maravilloso autor cuando fue galardonado con el prestigioso Premio Nobel de Literatura, quizás les parezca un poco extenso pero les invito a leerlo, es extremadamente enriquecedor y motivador, yo sin duda me siento mejor cada vez que leo aunque sea medio párrafo. Aquí les dejo este maravilloso regalo.

Discurso Nobel


7 diciembre de 2010

Elogio de la lectura y la ficción

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

Y es que sin duda... DUELE

El color de sus ojos, ese nuevo corte, el olor de su suéter cuando me lo acerca diciendo, con ese tono de voz que descoloca, ¿tienes frío?, ese caminar, la manera en que sus lentes se adaptan a su rostro, ese camisa que le queda tan bien, sus gestos, aquellos roces que sin querer nos hacemos, esos abrazos que sin él saberlo me llenan de pasión, aquel detalle que a veces tiene para conmigo sin siquiera darse cuenta, su manera tan torpe de andar, su personalidad alocada y descuidada, aquel sombrero que una vez se puso, sus pisadas que retumban en mi corazón, su mirada que me deja sin aliento, todo su ser, todo él me sofoca y me envuelve en otro de mis ataques de asma, respirar se hace difícil y controlar lo que digo, pienso, escucho y siento es toda una odisea.

Recuerdo aquella primera vez que nos vimos, yo con mi manera, siempre altanera, de ser te miré, descalificándote por supuesto, sin siquiera imaginar que yo luego moriría por ti, te presentaste y tu nombre me pareció gracioso y digno de burla, yo era popular y acercarte hasta mí y dirigirme la palabra, implicaba toda una proeza, eras y sigues siendo valiente para ese tipo de cosas. Ahora, en calma y analizando la situación veo que fue desde ese primer momento en que tus oscuros, penetrantes y cautivadores ojos enlazaron los míos, tus manos sujetaron con fuerza mi corazón, que sigue atrapado y encarcelado, dentro de ellas, y aunque duela debo admitir, que se siente terriblemente cómodo allí. En ese fatídico momento en que nuestras manos se estrecharon para sellar nuestra amistad, mi corazón y mi alma se unieron y confabularon para que yo enloqueciera por ti; te alejaste de mí y yo estuve perdida en mis pensamientos toda esa mañana sin saber por que. Tuve que esperar 1 año más para darme cuenta que aquello que sentía cada vez que estabas cerca de mí, aquello que me hacía invitarte a cada lugar que iba, aquello que me hacía querer estar siempre cerca de ti, aquel sentimiento indescriptible que me obligaba a quererte, aquel sentimiento que durante todo 1 año creí que se hacía llamar amistad, pero en realidad se apellidaba amor. Después de ese odioso descubrimiento que ocurrió en una de las tantas tardes que pasábamos hablando por horas junto a la ventana, en donde llegué a conocerte tan bien y tu llegaste a saber hasta el más íntimo de mis secretos, donde tu me confesaste tu amor por aquella que en secreto odio y yo lloré desconsoladamente por aquel que no vale la pena mencionar, ese terrible descubrimiento que me golpeó de frente en mi rostro y me dejó moretones imperceptibles, ese descubrimiento que cambió mi vida y no me deja en paz desde entonces, ese fue y sigue siendo hasta hoy el peor descubrimiento que pude hacer, yo me sentía tan feliz llamando a aquel sentimiento amistad y desde ese momento, mi vida fue sufrimiento, desilusión, rechazo e incomprensión, sin duda alguna, el amor duele que jode. Sin poder evitarlo mi manera de tratarte cambió, aquellas tardes se me hacían largas tratando de no incomodarte y de que no descubrieras lo mismo que yo, dejé de contarte muchas cosas pensando que sospecharías y me dejarías, y cuando tenerte tan cerca durante tantas horas y no confesarle a mi mejor amigo, que coincidentemente eras tú, que estaba enamorada me dolía y tuve que disminuir nuestras salidas al mínimo, sentiste mi ausencia, me llamabas implorando verme, aquello era aún más doloroso pues yo sabía, con seguridad, que tu no me amabas de la misma manera en que yo lo hacía. Nuestras salidas y reuniones se me iban buscando y recalcando cada uno de los muchos defectos que tienes, y aún así este sentimiento ardiente no dejó de quemar ni siquiera un poco; aún duele, unos días más que otros, espero con ansias el día en que me digas que me amas tanto que te duele estar conmigo, que deseas evitarme y quieres alejarte de mí para no sufrir, para yo luego responderte que desde hace ya 3 años quiero confesarle a mi mejor amigo que me enamoré de él.

Amigo Escurridizo

Él jugó al amigo y tú al escurridizo, los 2 prometieron y ambos incumplieron, me hicieron creer lo que luego tuve que olvidar, intercambiaron papeles, enmarañaron mi mundo; mientras yo daba pasos de primeriza, cogí impulso y antes de pensarlo y empezar a dar marcha atrás, salté… El precipicio fue inmenso, mientras caía miraba en dirección al cielo esperando un milagro, algo que me rescatara de aquel infierno que con seguridad me esperaba; la mano de aquel amigo se vislumbró entre las sombras, aquella oscuridad se convirtió en claridad, todo cobró sentido y yo desperté en aquella red de mentiras y engaños en la que tú aún jugabas al escurridizo y mi amigo seguía con su mano extendida con miedo a que yo resbalara otra vez. Suspiro.


Después de más juegos, intercambios, mentiras, en las que, hasta yo, estuve
 dispuesta a participar, después de convertirme mil veces en amiga y otras mil más en escurridiza, después de contemplar el milagro del amor y el engaño, después de todo aquello descubrí, que tú y sólo tú eras mi amigo y escurridizo, mi mentira y mi verdad, mi engaño y desengaño, mi norte y mi sur, mi negro, gris y blanco, mi proa y mi popa, mi Madonna y mi Arjona, mi Streep y mi DeNiro, mi libro y mi canción; eras todo eso y mucho más y yo lo descubrí cuando nada importaba, cuando la nada era todo y caer era mi mejor y única opción.

Citas para la Historia 2.0

Afortunadamente, me quedé con el hábito de recopilar todas y cada una de las frases que leía, escuchaba, observaba y percibía, ahora escucho mejor cada cosa, leo detenidamente, incluso el periódico, en busca de pequeñas frases, palabras, letras y hasta párrafos enteros que llamen la atención de mi quisquilloso cerebro. Aquí les presento una vez más mi colección de citas, para nuestro deleite.

  • Y todo, como el diamante, antes que luz es carbón. José Martí
  • Te encontré en el Ginkgo Biloba de mis vitaminas. Juan Luis Guerra
  • Están de sobra ya todas las horas y fueron dichas todas las palabras. Gabriela Mistral
  • Esta divina prisión del amor con que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo y libre mi corazón. Santa Teresa de Jesús
  • Es lo que está en el beso, y no es el labio; lo que rompe la voz y no es el pecho. Gabriela Mistral
  • ¿Cuándo tu luz hermosa revestirá de gloria mis sentidos? Sor Juana Inés de la Cruz
  • Constante adoro a quien mi amor maltrata, maltrato a quien mi amor busca constante. Sor Juana Inés de la Cruz
  • Algunas palabras cometían suicidios semánticos, negándose a si mismas. Olvido era una de ellas. Arturo Pérez-Reverte
  • El amor fue el inventor de los poemas. Lope de Vega
  • El amor es la médula absorta de la poesía. Luis María Anson
  • La libertad de un pueblo no es ningún parque temático. Rayma
  • Agradecer es el verbo más noble, sincero y bondadoso que conozco. Mirelis Morales Tovar
  • Ya fuiste usada no permitas ser dominada. Isadora Duncan
  • Recuerda si necesitas una mano amiga, la encontrarás en el extremo de cada uno de tus brazos. Audrey Hepburn
  • Para mantener la elegancia camina con la certeza de que nunca vas sola. Audrey Hepburn
  • Perseguir al gato es mucho más divertido que atraparlo. Isabel Allende
  • Mientras más aprendas más pronto sabrás cuan poco sabes. Isabel Allende
  • Desearía que Dios estuviera vivo para ver esto. Homero Simpson
  • Por eso tengo que volver a tantos sitios venideros para encontrarme conmigo y examinarme sin cesar, sin más testigo que la luna y luego silbar de alegría pisando piedras y terrones, sin más tarea que existir, sin más familia que el camino. Pablo Neruda
  • La mejor manera de hacer tus sueños realidad es despertar. Paul Valery
  • Porque el silencio es tan espantoso y grande como un grito. Pablo de Rokha
  • No existe luz sin sombra, tal como no existe dicha sin dolor. Isabel Allende
  • La memoria imprime a blanco y negro, los grises se pierden en el camino. Isabel Allende
  • El sabio es humilde porque sabe cuan poco sabe. Isabel Allende
  • ¡Mírenme salvo a la Tierra! ¿Dónde está mi Premio Nobel? Homero Simpson
  • Tu eres la lección que yo necesito aprender. Madonna
  • Oyó crecer el silencio en su interior. Isabel Allende
  • El amor no es ciego es retrasado mental. Charlie Harper
  • ¡Estoy orgullosa! Eres como Cristóbal Colón descubriste algo que millones de personas ya sabían que existía. Lisa Simpson
  • Dame Señor la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida para un nuevo avance. Gabriela Mistral
  • Vivimos en un país absolutamente desquiciado. Claudio Nazoa
  • No es igual el país que nos recibe en la mañana al que nos despidió la noche anterior. Cesar Miguel Rondón.
  • El intelectual vive en un mundo de sueños. Rómulo Betancourt
  • Si estás haciendo algo bueno, para que tengas la certeza de que es realmente bueno, debe ser multiplicable, si no es multiplicables no es tan bueno. Padre José María Velaz
  • El arte hace que los antónimos se concilien. José Antonio Abreu
  • Deletrea el áspero silencio. Eugenio Montejo
  • La violencia es asmática y tiene reino. Es un zumbido en la cédula de identidad. Leonardo Padrón
  • Se busca timonel para la navegación de las calles, un celador para el rumbo de las hormigas. Leonardo Padrón
  • Cada vía tiene su ensamblaje de sombras, su hora de alba, su catálogo de sonidos. Leonardo Padrón
  • Te busco como Forrest a su Jenny. Un graffiti
Pasando estas citas a la computadora me di cuenta de que, con muchas de ellas, recuerdo el momento exacto cuando las copié en las notas mi teléfono, la manera en que me impresionaron y marcaron, como mi mente enseguida dijo “Cita para la Historia”, cuando las escuché, las leí, me la dijeron, todo; mientras que hay algunas que ni siquiera recuerdo haberlas visto, escuchado o leído, que no sé como llegaron a mi teléfono, que no sé cómo me impresionaron, pero releyéndolas y escribiéndolas de nuevo, mi mente sin duda rectifica diciendo… “Cita para la Historia”

Un trozo de primer mundo

Un domingo cualquiera, temperatura regular, los pasillos inundados de gente como de costumbre, niños gritando, mamás corriendo detrás de ellos, todo lo que odio de ese mall estaba sucediendo y a la n potencia. Era hora de almorzar, tome el dinero y caminé, por así decirlo, por los pasillos hasta el final (pensando probablemente en escribir una historia divertida para mi blog) bajé las escaleras observe aquellos zapatos que desearía tener en mis pies, o aquel reloj que con mucho gusto llevaría para que me informará acerca del tiempo, hasta que por fin llegué al nuevo lugar donde venden comida decente, ordené un quiche y para eliminar algunas neuronas de mi cerebro, y recordar como muchas personas conocidas lo hacen cada día, un Nestea.

Cancelé y me senté, si, increíblemente me llevaban la comida a la mesa, en la espera observé al niño que no quería estar allí y lanzaba cada juguete que su madre le daba, al millón de personas que aún se quejaban por el cierre de los bancos en su único, ausente y muy distanciado día libre, me fijé en las nuevas tiendas que ofrecían sensacionales cosas para mí pero que no estaban a mi alcance aún. Llegó mi pedido, lo observé con recelo, quiero decir tenía hambre, era almuerzo, había caminado hasta allá para una buena comida y llegó eso, respiré profundamente y me dije, “recuerda donde estás”, di las gracias amablemente como mi educación siempre lo exige y bebí un sorbo de Nestea (POOM allí van mis neuronas pensé, sin embargo estaba rico, valía la pena asesinarlas si luego se reproducirían, aunque no con la misma calidad) tomé los cubiertos de plástico corte un trozo de aquel alimento y me dispuse a comerlo, la temperatura era exacta, aquella combinación de huevos y crema de leche fresca y espesa, mezclada con verduras y productos cárnicos, en este caso tocineta, era tan perfecta, cada bocado que daba era perfección pura! Un grito de un niño me trajo de nuevo a la realidad, en el televisor transmitían Bourne: El Ultimatum, con la belleza nerda americana de Matt Damon, para hacer un pequeño contraste con lo que estaba digiriendo en ese momento.
Un trozo de quiche, en aquella pequeña nueva tienda, acompañada con un asesino de neuronas me puso a pensar, porque debemos conformarnos, quiero decir yo encontré el perfecto almuerzo en aquel lugar, por pura suerte, si el quiche hubiera estado frío, mal cocido, o viejo seguramente no hubiera mencionado nada, no estaría escribiendo esto y mi perfecto almuerzo jamás hubiera existido, lo que intento decir es, por qué vivimos en un cultura de conformidad, la gente del primer mundo está en el PRIMER MUNDO porque lo exigieron, lo buscaron y lo encontraron! No simplemente nacieron en el, ellos van creando y recreándolo cada día, con cada acción, cada compromiso, cada trabajo, del mismo modo que lo hacemos nosotros pero con nuestro TERCER MUNDO, y es que prácticamente está en nuestra memoria RAM pues al ver el pequeño trozo de quiche inmediatamente pensé “recuerda donde estás” ¿habrá algo más patético que eso? De seguro las personas que compran un quiche, en cualquier simple Av. En Nueva York, en un plato de anime es para regalarselo a cualquier mendigo en la calle. ! Y ni hablar de los cubiertos de plástico ! (Sólo Melvin en As good as it gets)
El camino de regreso se hizo más corto, definitivamente iba a escribir sobre esto en mi blog, así que estuve pensando acerca de ello en todo el camino; cuando llegué a la tienda mi mamá preguntó: ¿Qué almorzaste? A lo que yo respondí: Un trozo de primer mundo.

RAZÓN VS. CORAZÓN

El aire está denso, ya no encuentro el aroma en él, espero con ansías la luna pues el sol ya no alumbra por aquí, mi cuerpo busca tus caricias y mis manos no encuentran tu esencia, mi mente no se cansa de viajar en aquellos campos de lo que vivimos, mi corazón, siempre esperanzado, imagina tu regreso aunque siente tu ausencia dolorosa.



Camino por la estúpida insistencia de mis pies, respiro por la loca manía que tienen mis pulmones de funcionar, me alimento por la extraña costumbre que tiene mi estómago de gruñir y vivo porque, por desgracia, mi cuerpo funciona sin yo poder resistirme a ello. Sin embargo todos mis sentidos te buscan, pues en su memoria han quedado tus caricias, besos, susurros y abrazos que, con certeza puedo afirmar, jamás olvidarán. Todo en mi habitación me recuerda a ti, aquel vaso que una vez usaste, aquella sábana donde una vez nos regalamos nuestro amor sin esperar una razón, esa ventana donde alguna vez el sol nos concedió sus rayos al despertar, esos zapatos que olvidaste, la ducha donde muchas veces el agua cruzó por tu cuerpo y cayó en aquella baldosa, todo por aquí tiene tu nombre, tu esencia, tu olor, tu color y a pesar de todo tu imagen es cada día mas borrosa en mi mente, nuestros recuerdos juntos son cada vez menos omnipresentes y aunque aun conservo tus fotos, regalos y notas de amor ya mi vida no gira entorno a revisarlos y hundirme en ellos cada instante.



Aunque duela quererte y recordarte, mi corazón se niega a olvidarte, mi mente lo intenta, borrando tus recuerdos y detalles, pero mis sentidos siguen siendo aliados al corazón, yo sigo indecisa y dejo que se libre la batalla entre razón-corazón disfrutando cada momento de ella, muy dentro de mí sé que llegará el día en que deba olvidarte y estar a favor de la razón, pero irónicamente amo este dolor que me produce el amarte, y aunque sé que no volverás y que mi piel no te sentirá jamás, sólo quiero que sepas que mi optimista corazón nunca trató de borrarte de mi memoria y formó un ejército lleno de sentimientos, sentidos, objetos y demás para que en mí siempre vivieras, mi amor…

Para Sumito...





Porque siempre estás allí, por no olvidarme, por recordarme, por hacerte presente, por ser el único conocedor del potencial de mis orejitas, por fastidiarme, por quererme, por ser quien eres, como eres y cuando quieres, por estar conmigo, por pertenecer a lo que soy, formar parte de mi, crecer conmigo, hacerme sonreír, reír, por jugar conmigo, hacerme sentir niña cuando lo requiero, por contaminar mi aire, por vivir en mi mundo, por ser mi primo, por ser niño divino, chamusquin, mi bello, por ser mi compañía, por aquellas charlas, por aquellas tardes, por aquellas noches, aquellos juegos, aquellas burlas, aquellos bailes, aquellas fiestas, por todos los momentos que compartimos y compartiremos, porque esto no es un adiós ni una despedida, es un nuevo comienzo en el que no estoy incluida.
Por quitarme mi chupón, por molestarme cada segundo, porque me amas y lo sé, porque nunca te cansas de mí, porque me soportas, me entiendes, sabes cuando hablar, como hablar y qué decir cuando me molesto, por tus cariños infinitos, porque mis risas te llenan, por cada minuto que quieres pasar junto a mí, por cada pregunta que quieres que responda, por tu experiencia en muchos aspectos de mi vida, por cada consulta, porque eres un niño y me encanta que lo seas, por nuestra relación cercana, porque sobran las palabras, porque simplemente te amo, y agradezco a Dios por colocarte en mi vida.
Mi dosis de amor siempre se triplicará para ti cuando lo requieras y necesites sumito… Te amo y  te extrañaré demasiado, las lágrimas sobran, por eso no las derramaré, las despedidas no te hacen feliz, los nuevos comienzos te llenan de esperanzas y la nueva vida que te espera es lo mejor para todos, de eso no tengas duda. Estaremos conectados en red. Te amo.

El caballero siempre azul...


Siempre he sido una fiel creyente de que lo bueno debe repetirse, o para los efectos más prácticos, extenderse, bueno mis queridos bloggeros hoy tendrán doble dosis de mis publicaciones sin sentido, razón y propósito. Está vez me iré un poco a lo fantasioso, hermoso, utópico y sicodélico de mi mundo, ubicado en el hemisferio derecho de mi complejo cerebro, bonito lugar para vacacionar por si les interesa.

Una princesa duerme esperando el rescate de su compañero fiel, aquel caballero luchador, perfecto, hermoso y siempre azul; siempre me he preguntado… ¿qué soñará la princesa? ¿Correrá por campos de miel y caramelo ajena a cualquier evento que acontezca en la realidad? ¿Recreará a su fiel compañero, imaginándolo más perfecto, más hermoso o de otro color? ¿Se preguntará la razón por la cual sólo un caballero va a su rescate? Siendo ella tan hermosa, perfecta, princesa heredera de las riquezas infinitas del reino de su padre. ¿Por qué debe estar dormida? ¿La espera se hace menos eterna? ¿El caballero es incapaz de besar a doncellas concientes? ¿Qué pasará por la mente del fiel compañero? Realiza todo tipo de proezas, arriesga su vida, recorre campos infinitos, afronta peligros impensables, sólo por una doncella dormida que espera por su beso mágico para despertarla de su letargo milenario, si este caballero es tan hermoso ¿Por qué tanto trabajo por una dama dormida? ¿No tendrá más pretendientes este hermoso príncipe azul? ¿No pensará en qué hacer si su bella dama, por la que tanto trabajo, peligros y aventuras ha pasado, no es tan preciosa como espera, no es tan perfecta como imagina? ¿Por qué estos cuentos de hadas, príncipes y doncellas no describen la realidad? ¿La duda no está presente? Díganme, sabiendo estas realidades ¿por qué creemos en estas fábulas banales? Donde siempre el final es el mismo, el inicio también y la trama jamás varia; yo tengo la poderosa respuesta a esa sola, única y última interrogante, esperanzas, esperanza de encontrar a nuestro compañero fiel, esperanza de ser besadas por aquel caballero siempre azul, esperanza de dormir por siempre sin saber en qué soñar pero siempre sabiendo qué esperar, esperanzas de que nuestra historia no cambie, que tenga un final esperado, siempre feliz, una trama soñada, siempre dormida y mi caballero luchando por mi, y un inicio de ensueño, con el había una vez de tu vida….

Es justo y necesario...



Porque decidí que mi vida es una buena historia, una historia que merece ser contada, con personajes, tramas y desenlaces, que sólo necesita de un buen relator; y como el egoísmo no figura en mi manera de ser ni pensar y un buen relator está presente, he decidido plasmarla, recordarla, vivirla y contarla para ustedes, sé que en realidad es más para mí, para mi deleite personal, mi desahogo diario, mi válvula de escape, que para que otros disfruten, crezcan o sean felices, como cualquier escritor espera. Sin embargo, la decisión fue tomada y un poco de egoísmo es necesario para vivir en paz.

Mi post de hoy se refiere a leer, si, al simple verbo en infinitivo de leer  “recorrer con la vista lo escrito o impreso para enterarse de ello” según el básico y práctico diccionario, que banal definición para algo que me hace vivir, sentir, aprender, conocer, imaginar, crear, recrear un nuevo mundo lleno de personajes, ambientes, creaciones, dramas; un mundo que no es mío y sin embargo puedo vivirlo, un mundo que no es creado por mi ni para mi y aún así me pertenece; es una creación integrada por letras, versos, prosas, rimas, párrafos, comas, puntos, estrofas y un sinfín de elementos que hacen de ella, para mí, la perfección hecha acción.

¿Cómo más podríamos revivir las aventuras de Don Quijote y Sancho Panza? ¿De qué otra manera viviríamos la Odisea de Ulises? ¿Quién recordaría el amor en los tiempos de cólera? ¿Cómo vivir 100 años de soledad? ¿Qué sería del amor sin Romeo muriendo por Julieta? ¿Qué sería de Bella sin su Edward? ¿Cómo sería el mundo mágico sin Harry y Voldemort? ¿Nuestra vida sería igual si no tuviéramos la esperanza de encontrarnos un Cullen? La luna no es pan de horno ¿habría yo de saberlo sin Antillano en mi vida? ¿Doña Bárbara sería relevante en nuestras vidas?  Y la pregunta que me atormenta pensar ¿Qué sería del mundo sin la lectura?

Me parece justo y necesario este post, es justo porque el verbo leer merece un lugar importante en mi blog, siendo algo que tanto amo, aprecio y tan feliz que me hace; y necesario porque me sorprende que existan seres humanos como yo, de carne y hueso, seres pensantes y con las mismas capacidades motoras, que no conozcan el verdadero significado de este verbo, lo que implica, es y representa en realidad, esto dándole un razonamiento más lógico, pues no veo otra razón, además del desconocimiento, que les impida haber entrado a este maravilloso mundo. Me cuesta creer razones como, “no me gusta”, “es aburrido”, “ya existe en película, para qué leerlo”; es gracioso tan sólo imaginarlo, así que en mi idealista manera de pensar, el desconocimiento, me gusta creer, es la razón por la cual leer no es tan apreciado como lo es para mí, y espero que para muchos de ustedes también.